viernes, 8 de enero de 2010

La gran oficina

Beneditti dijo una vez, refiriendose a la situación de su pais que era “la única oficina del mundo que ha alcanzado la categoría de república”.  Así me siento. En esta oficina donde se especula quien será el nuevo gerente, quien se hará cargo de tal o cual oficina.


Y entonces amo el aroma del pasto mojado al amancer, y entonces amo el color de las nueves que despiden al sol por la tarde. Amo perder el tiempo a media mañana recorriendo librerías, acariciando el lomo de libros carísimos que quizás nunca podré comprar.


Todos quisieramos escapar de la oficina por unos días, dejar que el gerente refunfuñe y que los serviles adhieran su lengua a la suela de sus caros zapatos de mocasín.


Suele ser triste el reloj cuando nos mira de entrada y de salida, cuando nos reitera su presencia con esa parsimonia de capataz.


Ay Dios, las palabras se me agolpan en la conciencia y no me sale más que silencio pintarrajeado con los colores de una batalla pueril.


Lloverá, mañana lloverá. 
Estaré enfermo en casa, los antibióticos faenarán mis amígdalas. 
Leeré aquellas páginas que la oficina me prohibe con sus rutinas.
Respiraré mejor. Quiera Dios.



1 comentarios:

Frank H. dijo...

¿cuántes horas de nuestras vidas pasamos en el trabajo, o viajando a ellos, o desde ellos a casa?

ganarse el pan.
qué se le puede hacer.

saludos!