Es increíble como pasa el tiempo. Escribo esto en la mesa de la cocina comedor de mi casa, en un pequeño pueblo del sur austral. Durante el día las redes sociales trinan estruendosamente para criticar las palabras de un intendente en la Región del Bío Bío.
Como llevado por una marea reproduzco chistes e ironías sobre el sermón familiar de Víctor Lobos y sobre los epítetos lanzados por el ministro de salud a unos niños que, según él, no habrían hecho una huelga de hambre "como Dios manda". Y así habría pasado el día, trinando, pero de pronto algo me detuvo.
Entre aquellas "noticias" escuché y leí que demolían por fin el edificio Alto Río en Concepción. Y comprendí el tamaño que alcanza en ocasiones mi estupidez cuando la dejo volar sin freno.
¿Qué me importaba lo que el intendente Lobos opinase sobre la familia? Eso es asunto suyo, que no cambiará en lo más mínimo lo que yo pienso sobre ese asunto.
Lo que debería importarme es saber cómo está mi querida Concepción, su gente, mi gente, mis amigos y amigas. Entonces recordé Dichato, recordé la Pedro del Rio Zañartu, recordé el Parque Ecuador y un amigo periodista y compañero de la U. de Conce, que esa madrugada se lanzó a cruzar el puente hacia San Pedro para buscar a sus hijos, así como lo hizo un amigo pintor que cruzó a toda velocidad el centro en su auto y que todavía no se explica como pasó sobre los bloques de pavimento que se levantaban como peligrosos acantilados que lo separaban de su hija. Y recordé a tantos otros que salieron en plena oscuridad a buscar con furiosa angustia a los que aman. Algunos encontraron a quienes buscaban...
Recordé que soy periodista, porque suelo olvidarlo aunque insisten en motejarme con un retintín de ironía quienes desprecian mi oficio por culpa del emputencimiento en el cual de vez en cuando caemos, como tantos que deben parar la olla y callar ante el que firma los cheques del pago mensual. Y recordé que siepmpre lo mío será preguntar y me pregunté por la gente de Dichato y por el famoso Delegado Presidencial para la Reconstrucción ¿se habrá reunido Kast con Lobos o estaría aún en Santiago planificando con expertos santiaguinos cómo reconstruir la devastada frontera del reyno? ¿Cómo estarán los pescadores? ¿Cómo estarán los que viven solos en edificios y casas que todavía llevan las cicatrices de esa noche, que todavía deben sufrir cortes de agua y de luz por las reparaciones? ¿cómo estarán los deudores de créditos hipotecarios a los que el banco les siguio cobrando por unas ruinas que nunca podrán habitar? ¿cómo estarán las escuelas y los liceos públicos y privados? ¿cómo estarán las universidades que perdieron laboratorios con investigaciones fraguadas durante años en una provincia que siempre está entregando lo mejor de sí misma a un país que siempre la deja para el final?
Hace un año y medio me desperté con el bramido del suelo, hoy bastó el vano trinar de la chimuchina política para hacerme despertar.
Mañana voy a llamar a mi compadre Omar de Concepción, para saber como está después de un año y medio del terremoto, así como lo llame hace un año y medio. Y mucho me temo que me cuente cómo, a un año y medio, muchas cosas siguen igual.
Como llevado por una marea reproduzco chistes e ironías sobre el sermón familiar de Víctor Lobos y sobre los epítetos lanzados por el ministro de salud a unos niños que, según él, no habrían hecho una huelga de hambre "como Dios manda". Y así habría pasado el día, trinando, pero de pronto algo me detuvo.
Entre aquellas "noticias" escuché y leí que demolían por fin el edificio Alto Río en Concepción. Y comprendí el tamaño que alcanza en ocasiones mi estupidez cuando la dejo volar sin freno.
¿Qué me importaba lo que el intendente Lobos opinase sobre la familia? Eso es asunto suyo, que no cambiará en lo más mínimo lo que yo pienso sobre ese asunto.
Lo que debería importarme es saber cómo está mi querida Concepción, su gente, mi gente, mis amigos y amigas. Entonces recordé Dichato, recordé la Pedro del Rio Zañartu, recordé el Parque Ecuador y un amigo periodista y compañero de la U. de Conce, que esa madrugada se lanzó a cruzar el puente hacia San Pedro para buscar a sus hijos, así como lo hizo un amigo pintor que cruzó a toda velocidad el centro en su auto y que todavía no se explica como pasó sobre los bloques de pavimento que se levantaban como peligrosos acantilados que lo separaban de su hija. Y recordé a tantos otros que salieron en plena oscuridad a buscar con furiosa angustia a los que aman. Algunos encontraron a quienes buscaban...
Recordé que soy periodista, porque suelo olvidarlo aunque insisten en motejarme con un retintín de ironía quienes desprecian mi oficio por culpa del emputencimiento en el cual de vez en cuando caemos, como tantos que deben parar la olla y callar ante el que firma los cheques del pago mensual. Y recordé que siepmpre lo mío será preguntar y me pregunté por la gente de Dichato y por el famoso Delegado Presidencial para la Reconstrucción ¿se habrá reunido Kast con Lobos o estaría aún en Santiago planificando con expertos santiaguinos cómo reconstruir la devastada frontera del reyno? ¿Cómo estarán los pescadores? ¿Cómo estarán los que viven solos en edificios y casas que todavía llevan las cicatrices de esa noche, que todavía deben sufrir cortes de agua y de luz por las reparaciones? ¿cómo estarán los deudores de créditos hipotecarios a los que el banco les siguio cobrando por unas ruinas que nunca podrán habitar? ¿cómo estarán las escuelas y los liceos públicos y privados? ¿cómo estarán las universidades que perdieron laboratorios con investigaciones fraguadas durante años en una provincia que siempre está entregando lo mejor de sí misma a un país que siempre la deja para el final?
Hace un año y medio me desperté con el bramido del suelo, hoy bastó el vano trinar de la chimuchina política para hacerme despertar.
Mañana voy a llamar a mi compadre Omar de Concepción, para saber como está después de un año y medio del terremoto, así como lo llame hace un año y medio. Y mucho me temo que me cuente cómo, a un año y medio, muchas cosas siguen igual.
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